Hola, hoy os traigo una novela autopublicada que se sale totalmente de mi zona de confort, pero que me ha enganchado desde las primeras páginas.
Mutagénesis Convergente, primera novela de Juan Antonio Jiménez Torres, se mueve en una frontera tan estimulante como resbaladiza: la que separa la ciencia ficción de la divulgación científica con ambición narrativa. El propio libro parece consciente de esa tensión y juega con ella desde su arranque, proponiendo al lector una pregunta clara: ¿estamos ante una novela de ciencia ficción o ante una novela científica que utiliza la ficción como vehículo? La respuesta, como ocurre con las obras que merecen atención, no es sencilla ni unívoca.
La premisa es potente. Carmen Arístegui, científica marcada por una trayectoria profesional compleja, descubre unas leyes capaces de predecir con enorme precisión la evolución de los organismos. Este hallazgo atrae la atención de la comunidad científica y, en particular, de Eli Hadid, astrofísico implicado en un ambicioso proyecto. A ellos se suma Alonso Echegaray, magnate español obsesionado con levantar el mayor campus científico del mundo en La Mancha, un empresario que ha construido su imperio sobre la base de la ecología y las energías limpias. Las intrigas que cruzan a estos personajes desembocan en una idea radical: la posibilidad de llevar la vida humana al espacio mediante un enfoque que combina mutagénesis, biología, física, astronomía, robótica y sostenibilidad.
Uno de los grandes méritos de la novela es, sin duda, su solidez conceptual. Jiménez Torres demuestra una mente extraordinariamente creativa y rigurosa, capaz de articular teorías complejas y presentarlas con una claridad didáctica poco habitual. Incluso lectores sin formación científica, como yo, pueden seguir las explicaciones y sentirse partícipes de una investigación. En este sentido, Mutagénesis Convergente demuestra una fascinación por las ideas, la fe en la razón y en el progreso, y la convicción de que la ciencia puede, y debe, ser explicada con precisión y honestidad.
La estructura en capítulos cortos, repartidos entre los distintos protagonistas, refuerza esa sensación de agilidad y facilita el acceso a un universo narrativo cargado de información. La primera parte funciona como una presentación gradual de personajes y contexto; la segunda desarrolla el proyecto central y los conflictos externos, incluidos grupos integristas y amenazas que trascienden lo puramente empresarial o académico. Todo ello se articula como un canto claro a la sostenibilidad, al uso responsable de la tecnología y a la necesidad de que el progreso científico vaya acompañado de valores como la honestidad, el trabajo duro y el compromiso con el bien común.
Ahora bien, no quiero obviar algunos aspectos que no me han gustado demasiado. Desde mi punto de vista, Mutagénesis Convergente se inclina demasiado hacia la teorización. En muchos momentos, la novela se siente más como un estudio prospectivo sobre un futuro idealizado que como una narración literaria plenamente desarrollada. Las explicaciones se encadenan una tras otra, a veces reiterando ideas ya expuestas y el texto tiende a “llevar de la mano” al lector incluso cuando no es necesario. Si se despojara la obra de buena parte de su contenido científico y de las conversaciones especulativas, la trama quedaría, en ciertos pasajes, sostenida por un hilo demasiado fino.
Los diálogos, bajo mi perspectiva, son otro punto irregular. En ocasiones resultan rígidos, excesivamente formales o cargados de tecnicismos que funcionan más como vehículos de información que como intercambios naturales entre personajes. Esto contribuye a la sensación de que los protagonistas existen, ante todo, como portadores de ideas, más que como individuos plenamente autónomos dentro de un conflicto narrativo. A ello se suma una resolución de problemas que, en general, avanza sin grandes obstáculos: se plantea una hipótesis, se discute, se acepta y funciona. Hay pocos baches reales, pocas decisiones que tengan un coste dramático profundo, lo que reduce la tensión literaria.
Por último, el tratamiento de algunas relaciones sentimentales me parece un poco flojo. Sin entrar en detalles que arruinen la lectura, ciertos planteamientos románticos y dinámicas de pareja están poco trabajados y, en algún caso, resultan problemáticos desde una perspectiva contemporánea. Estos elementos desentonan con la sofisticación intelectual del resto de la novela y dejan la sensación de que el ámbito emocional no ha recibido el mismo cuidado que el científico.
Dicho esto, sería un error quedarse únicamente en estas carencias. Mutagénesis Convergente no pretende ser una novela de acción trepidante ni un thriller al uso, sino una obra de ideas. Su mayor logro es hacer pensar, invitar al lector a imaginar futuros posibles y preguntarse para qué queremos avanzar y a qué precio. El giro final, que catalogo como inesperado y contundente, refuerza esa reflexión y deja una huella emocional que va más allá de la pura especulación científica.
En definitiva, estamos ante una novela imperfecta pero valiosa, ambiciosa y honesta. Recomendaría Mutagénesis Convergente especialmente a lectores interesados en la ciencia ficción reflexiva, en la divulgación científica integrada en la narrativa y en los debates éticos sobre sostenibilidad, tecnología y futuro de la humanidad. No es un libro para quien busque únicamente acción o drama, pero sí para quien disfrute de ideas bien pensadas y de mundos construidos con rigor intelectual.
Quiero cerrar esta reseña agradeciendo al autor la oportunidad de leer y comentar su obra. Se nota el esfuerzo, la pasión y la convicción que hay detrás de cada página. Ojalá esta sea solo la primera de muchas novelas en las que Juan Antonio Jiménez Torres siga explorando, con la misma audacia, ese espacio donde la ciencia y la ficción convergen.
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Yo me despido, de momento. ¡Nos leemos pronto!
